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Una boda basada en el sexo

48c4fe25a4c80375654980-1-480x300Festividad desperté en mi catre acalorada. El sol entraba a raudales por el ventana de la mirador y mis piernas brillaban por el calor. La sábana estaba distancia en el suelo. Una copa de morapio no obstante medio llena en la mesilla de anochecer y yo, desnuda enteramente, sobre el jergón. Por suerte no había ebrio colmado, sólo algunas copas para que se incrementara el sueño y poder dormir. Mis juguetes… sí, caídos por el suelo anejo la tanguita negra minúscula y los sostenes.

Recogí la tanguita que tapaba mis hermosos culos de un cenagal de… ¡esos no eran mis fluidos! Un cenagal de esperma cubría la tanguita y la empapaba. Entonces oí ruido en el alojamiento y miré el cronómetro avisador, ¡eran tapia de las doceno! ¡Los obreros! Se habían masturbado mirándome, seguro. Pero en vez de sentarme mal, lo que hizo fue acrecentar mi calentura de nuevo. Pese a intentarlo por todos mis agujeros y haber tenido una buena cadena de orgasmos, la tinieblas previo no me había dejado satisfecha sino aun más frustrada.

Busqué el porno móvil, estaba encendido pero ningún mensaje de Javier, sólo de mis amigas respondiendo a mis mensajes y llamadas de anteriormente. Las mucho malnacidas estaban todas afuera u ocupadas. Justamente ese fin de hebdómada. Y yo despertando insatisfecha y con el estudio lleno de hombres. Volví a delegar un nuevo mensaje a Javier y, al no acoger resolución, diferente suplicándole sexualidad. Silencio. Le llamé, pero el móvil estaba desconectado o exteriormente de cobertor. Frustrada, lancé el móvil y me levanté para ir al balneario. Salí desnuda al paso e iba a entrar en el ablución en el momento que me encontré cara a cara con Julián. Me tapé con las manos a modo pude y vi su cara de absoluta estupefacción y satisfacción.

– ¡Uy! Perdone Julián, no sabía que…

– No, si…

Pero claro, fue decir pellizco y se acercaron dos de los obreros. El joven de la venosa garrote y el mediador, circuncidado. Traté de deshacer la imagen de sus trancas de mi cara mientras ellos aun trataban de reaccionar, porque se quedaron tanto estatuas al anélido allende parada, desnuda, con una mano en mi partes y el brazo cruzado ciervo los pechos escaso apoderarse tapar cerca de carencia. El delegado no tardó en brotar aun y quedarse pasmado.

– ¡Uy! – Repetí incapaz de decir nadie más. – Perdonen. – Susurré entrando en el inmersión. Cerré la portón y me recosté contra ella respirando hondo.

– ¡Joder tanto está la rusa!

– ¡Una rusa me podría hacer con esos dos melones!

– ¡Joder, vaya culo! Ese me lo merendaba yo.

– Por beneficio, señores, que nos oirá. – Ése era Julián, imponiendo calma tanto perpetuamente.

– Pero si es que nos está provocando.

– Salir desnuda es para que la violemos, seguro.

– Se acabará de despertar la corto, y vaya asombro le habéis dado. – Julián de nuevo. Hoy todos en susurros, pero yo, todo lo que más oía más me calentaba. Actualmente estaba encharcada en medio de mis muslos.

– Por consiguiente a mí me pone. – El más joven.

– Joder, ya que claro, a todos, a ver a quién no.

– Es que yo me la follaba ya…

– ¿Dónde vas? Venga, vosotros a lo vuestro y dejad a Doña Sandra, a quien se le ocurra derribar la puerta… – Y sólo oí cómo se alejaban dejándome con las ganas de ser yo la que abría la abertura y salía. Pero tuve que conformarme con una larga afusión fría.

Traté de serenarme a modo pude y me estuve mucho lapso en la lluvia. Me sequé bien y me delineé los labios y los ojos. ¿Pero, por qué estoy pintándome? Me pregunté. ¿Quería parecerles una furcia? ¿Estaba buscando que me violaran? La idea de salir desnuda y que me penetraran por todos mis agujeros se me pasó por la cabeza y me maldecí a mí misma una y mil veces y traté de relajarme.

Bueno pero… ¿cómo salir si no tenía ajuar? Pero efectivamente tenía, batín y las zapatillas de felpa. Me lo puse y me aseguré que el canana del batín no se abriría y salí. Iba a ir a la cocina, pero oí lejos a los hombres, de manera que me frené. Vi el iPad y lo tomé y traté de empalmar por Skype con Javier. Me respondió pero tenía la asamblea apagada. Prontamente cogí los cascos y me puse a dialogar con él. ¡Al fin!

– No me contestabas.

– Estaba ocupado, acabo de ver tus mensajes ¿Estás mejor, ahora?

– De eso nulidad. – susurré. – Están acá los instaladores de las cámaras.

– Efectivamente, hoy sé, le pedí a Julián…
Como mínimo, hablar con él me serenó. Yo iba con los cascos y hablando bajito por el Skype. Ahora que lo tenía a él hoy todo cambiaba. Fui a la cocina a hacerme un café (sí, normalmente soy de infusión, pero necesitaba despertarme mucho). Javier seguía hablando.

– Mmmm… me encanta lo que veo. – No entendía lo que decía.

– ¿Perdona? – Entonces lo entendí, llevaba el iPad colgando, y la cilla iba bailando y yo no me había inquieto de tapar ausencia. Debía haber visto bajo el chilaba. – No me vengas con eso hoy en día ¿No has visto mis mensajes?

– Efectivamente, y por eso ya me aprovechaba. ¿No llevas carencia so del batín?

– Claro que no.

– Enséñame.

– ¿Estás loco? – Bajé el tono y acerqué el mico a mi boca – Estoy rodeada de tíos que se me comen con la mirada.

– Así ahora está bien cariño, un corto más lejos… – Entonces me di cuenta que había acercado el iPad a mi escote.
Cerdo, yo te digo que estoy cachonda perdida y a ti sólo se te ocurre…

– Seguro que te están deseando así vestida o desvestida yendo por casa. Estoy viendo el vídeo de antes por las cámaras de seguridad de casa. Vaya espectáculo les diste en el cuarto, me extraña que no te violaran, vamos a avanzar rápido…

– No, cerdo, no lo hicieron. ¿Eso habrías amigo?

– ¿Y tú? Que te penetraran por todos tus agujeros y te bañaran en su caucho y te comieran entera y no pararas de sacudirte… ahora uno y desprovisto detención otro… y te perforaran mientras horas por delante y por detrás… Seguro que soñabas con ello en el tiempo que te masturbaste por la anochecer ¿no?

– ¿Estás loco? Soy tu mujer, te recordación. – Y aquende mi tono de disgusto debió notarse, porque vi cómo los obreros me miraban.

– Pero sé que adentro llevas una putita rusa ansioso. Vamos, quiero ver cómo te miran, déjame verlo.

– ¿Pero qué dices? – Y volví a bajar el tono al ver que volvían a mirarme. Exento dejar el iPad fui a sacar la caucho de la refrigerador.

– Hummm… veo que hay dos en la habitación… y se fijan mucho, déjame verlos bien. – Yo, enfurecida, dejé el iPad además de la encimera y me senté en uno de los taburetes que tenemos en la cocina, con la asamblea enfocando al techo no podría ver carencia. – Serás mala. Venga, no seas así, descruza las piernas a ver qué hacen. – Entonces pude ver que la habitación del techo giraba. El excesivo cerdo estaba conectándose al norma de seguridad para espiarme o para espiarlos a ellos. – No se les ve mal parecidos. Anda, descruza las piernas y diviértelos un corto.

No sé qué pasó, pero yo volvía a habitar empapada y el café me ardía por adentro. Abrí las piernas tal él me sugería. “Bien, pero no suficiente, has atraído su atención, pero no ven ausencia. Anda, sé buena”. Me levanté y puse la tazón en la puya y la lavé para dejarla al lado. No podía admitir que… pero me di cuenta que yo hoy estaba maniobrando para que una de mis piernas saliera por dentro la abertura de delante del chilaba mientras pensaba eso. “Eres un cerdo” le colgante bajito mientras me giraba para secarme las manos y dejaba que vieran cómo el batín hoy no tapaba una de mis piernas. Les miré mientras hablaba con Javier: “¿Ya estás contento?”. “No, eso no ha sido nulidad. Anda, yo sé que les puedes volver loquitos, seguro que ahora están empalmados y soñando contigo”. Yo actualmente sabía que evidentemente, pero procuraba no pensarlo para no excitarme no obstante más, pero el excesivo cerdo de mi marido no paraba de recordármelo. Volví a tomar el iPad y me lo encaré, su habitación seguía apagada, pero yo sabía que él seguía viéndome y mirando por las cámaras de casa.

– Cariño, no puedo, no estoy sola. – Le decía yo con entrada sugestivo lo suficientemente curación para que me oyeran mientras mi mano acariciaba el canto del escote del batín que abría para mostrar bien sugestivo a mi maridito por la cam. – No, más no, que están junto los instaladores. – Colgante con una risita pícara a la sala del iPad. Mientras mi marido me iba llamando de todo por los cascos y me decía lo que le encantaba que exteriormente tan guarra. Me decía que seguro que estaba deseando que todos ellos me follaran, que era una calientapollas y que les tenía en celo permanente. Yo me giré y, hoy de espaldas a los obreros, abrí mucho mi escote con la sala de mi iPad enfrente. – Ahora está bien ¿De concierto? – Y volví a girarme tratando de cerrarme el batín esta vez hacia los obreros y a modo disculpándome con la mirada. – No, más no, hogaño no puedo. ¿Qué? – hice yo mientras caminaba y pasaba a través de los obreros contoneándome y asegurándome que podían ver bien el perfil de mis senos a oblicuidad del ancho escote que mi mano libre trataba de cerrar escaso conseguirlo. Prontamente, al notar mi dicción, aparecieron Julián y el comisionado, que habían estado en otra habitación. Yo me hice la sorprendida en el tiempo que me hablaron. – Uy, un momento por ayuda, es que estaba hablando por el Skype con mi marido ¿Decían? – Y dejé el iPad bajo enfocando a través de mis piernas mientras me concentraba en lo que me estaba diciendo Julián.

– Que ahora cerca de estamos. Sólo faltan colocar unas pocas cámaras más y enyesar lo exiguo que atención y listo. En una ocasión acabamos.

– Bastante bien, hagan, hagan. – Joya yo tal distraída pero falto perder detalle de sus abultadas entrepiernas y de sus miradas a mi escote. Volví a ajustarme los cascos y retomé el iPad mientras subía de nuevo a la parte entrada del dúplex viendo cómo las miradas de los cuatro me seguían por las escaleras. – Cariño, no me pidas eso, por Dios. Mmmm… yo aun tengo muchas ganas. Ohh… sííí… – Me aseguré que me oyeran decirlo con entrada sensual, aproximadamente gimiendo, mientras desaparecía en el apartamento de arriba hacia nuestro aposento.

– Eres una hebra calientapollas. Todos se están tocando la moza y se están diciendo guarradas.

– ¿Qué indican?

– Te lo pongo en el audio. – Y entonces pude notar todo lo que comentaban. Parecían locos furiosos, pero Julián los frenaba. Querían ascender y follarme, tuvieron que obstaculizar al joven al pie de la escalerilla y el comisionado y Julián se quedaron montando guardia mientras los otros dos se iban a acabar de enyesar dos tramos debajo. Yo suspiré y gemí arriba para que me oyeran Julián y el agente, lo cierto es que no tuve que simularlo, mi mano libre, la que no sujetaba el iPad, se perdía dentro mis empapados muslos. –Desnúdate. – Rápidamente mi batín cayó al suelo y pude ver cómo las cuatro cámaras del dormitorio me enfocaban. – Túmbate en la cama. – Y así lo hice, abriendo bien mis piernas para que pudiera ver cómo mis rojas uñas apretaban mi botón del placer y con la otra mano pellizcaba mis pezones. – No te corras puta, ponte ese batín tan sexy de ayer. – Paré, pero algo enfadada, yo quería correrme, pero seguro que tampoco eso me hubiera calmado. Me levanté y, cargando el iPad, me puse el batín oriental de seda. – Y zapatos de tacón de aguja.

– ¿Con el batín?

– Sí, da igual, eso seguro que les excita. – Le hice caso y me puse unos botines rojo burdeos brillantes con un tacón de aguja de seis centímetros. – Y una tanga transparente. – Yo veía cómo las cámaras me seguían por la habitación. Abrí el cajón de la cómoda y busqué una tanga bien sexy, roja a juego, pero transparente hasta lo descarado y minúscula. – Deja el batín medio abierto y ajusta el cinturón. – Así lo hice, y me contemplé en el espejo de cuerpo entero al lado de la puerta. Estaba hecha una verdadera puta. El batín estaba abierto hasta el ombligo, pero sólo revelaba la curva de mis pechos y nada más. Claro que los pezones se marcaban claramente en el batín, que acababa justo bajo mis nalguitas, bastaba inclinarme un poco y mi culito quedaba al aire. – Ya vienen. Ve a la cama.

– ¿Qué? – No entendía nada, pero me tumbé en la cama mirando el iPad. Justo lo hacía cuando sonaron unos toquecitos en la puerta. Yo me quité uno de los cascos de la oreja y miré a la puerta. – ¿Sí? Adelante.

Se abrió la puerta y Julián me preguntó: “¿Se puede?”

– Sí, adelante, estoy hablando con mi marido, pero hagan, hagan… ¿Decías cariño? Ahaaa… – Pude sentir el nerviosismo de los obreros. Entraron los cuatro en fila con una escalera de esas de triángulo y se pusieron manos a la obra, tenían que enyesar dos perforaciones y ya estaba listo todo.

– Son las últimas, ya acaban – decía Julián, pero yo no le escuchaba, sólo tenía oídos para Javier, que no paraba de susurrarme obscenidades y decirme lo guarra que era y que era su putita rusa.

– Ustedes sigaaaannn… – dije yo con un gemido mientras alzaba mi culito y deslizaba mi mano bajo mi cuerpo. Mi dedito anular se coló entre los cachetes de mi culo y acarició del ano a la empapada vagina en una lenta caricia que hizo toser a Julián y al encargado. Vi que los obreros que enyesaban en la escalera se daban la vuelta y también miraban. Yo bajé el culito y me orienté para quedar mirándoles y ocultar mis posaderas a su vista. – Javier, no puedo, ahora no! – Dije con un susurro sensual lo suficientemente alto para que ellos lo oyeran. Estaban todos rojos como tomates y sus entrepiernas abultaban prometiendo sueños húmedos a mi almejita. Pero Javier, por los cascos me insistía:

– Cerda, seguro que estás deseando comérsela y sentirte perforada por todos tus agujeros. Seguro que quieres que te abran en canal y te dejen repleta de semen. – Yo miré a los obreros y vi cómo las cámaras se movían solas. Bajaban de la escalera después de haber enyesado en tiempo récord, sólo quedaba enyesar una de las canaletas.

– Cariño, no me digas eso… – Voz de gatita sensual mientras les miraba tratando de disculparme, pero con el escote bien abierto, tumbada sobre la cama con el culito en alto y mi mano perdida bajo mi cuerpo, oculta para ellos. Pero mi olor y los sonidos de succión eran claros. Hasta Julián estaba a punto de explotar. Cuando los dos obreros rodearon la cama para llegar a la última canaleta no cambié mi posición, ni siquiera cuando Julián y el encargado les siguieron. Ahora mi culito en pompa estaba directamente ante ellos y podrían ver mi dedito perdiéndose bajo la mini tanguita en mis intimidades. – Cariño, si esto sigue así no respondo… – dije casi gimiendo, esta vez no traté de ocultar que el mensaje iba para todos, para Javier pero también para los obreros. – No me pidas más.

– Sigue masturbándote. – Me decía Javier. Yo miré cómo habían enyesado en ese corto espacio de tiempo y el chico bajaba de la escalera disparado sin perder su visión de mí. – Date la vuelta, gírate y míralos. – Yo no podía, no quería hacerlo, pero era Javier quien me lo pedía y, en el fondo, estaba deseándolo.

– ¡Javier! Me violarán si lo hago. – Dije mientras lo hacía y ellos podían ver cómo al darme la vuelta se abría el batín y quedaba toda expuesta, con mi mano transparentada bajo la tanguita y mi dedo dentro de mi rajita y el pulgar pulsando el ano. Me dolían los pezones.

– Pero si eso es lo que estás deseando. – Me respondió Javier.

– Sí pero… no sin ti. – Conseguí articular entre jadeos mientras mi mirada se centraba en la de los obreros y veía cómo les brillaban los ojos y cómo les temblaban las manos y cómo me deseaban…

– Pues que sea conmigo. – Pero la voz sonaba con eco, ya no sólo venía de los cascos, también de la puerta, me giré y vi a Javier en la puerta del dormitorio.

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